Buitrago en el Giro. Vingegaard en el Tour. Pogačar en La Vuelta. El mismo dorsal y un mismo destino en las tres carreras por etapas más importantes del ciclismo.
Hay coincidencias que duran lo que tarda una conversación en terminar. Y hay otras que comienzan a crear fantasmas. El ciclismo está lleno de supersticiones, rituales y números con significación propia en un deporte donde pese a que manda la carretera y la fuerza, la necesidad de ahuyentar los males es casi inevitable. Nadie escapa a ese dorsal 13, al que algunos corredores prefieren llevar invertido para desafiar a la superstición. Sin embargo, en 2026 la maldición tiene otro número: el 11.
Santiago Buitrago lo llevó en el Giro de Italia. Jonas Vingegaard lo portó en el Tour de Francia. Tadej Pogačar lo lució en La Vuelta a España. Los tres eran líderes de sus respectivos equipos. Los tres se fueron al suelo. Los tres abandonaron una sucesión de hechos cuya trascendencia es mayor que la anterior. Primero cayó un corredor que apenas había tenido tiempo de entrar en carrera. Después cayó el principal rival del favorito al Tour. Y finalmente cayó el líder de una Gran Vuelta llamado a hacer historia.
BUITRAGO, EL INICIO DE TODO CON UN ADIÓS AL GIRO SIN CASI RUIDO
El colombiano Santiago Buitrago llegó al Giro de Italia como jefe de filas del Bahrain Victorious para la clasificación general en la que aspiraba a quedar mínimo dentro del TOP10. Pero cuando la carrera todavía no había tenido tiempo ni de esbozar sus dinámicas ni siquiera salir de la Bulgaria de la cual partió la prueba, en la segunda etapa, entre Burgas y Veliko Tarnovo cuando quedaban poco más de una veintena de kilómetros para la meta, el cafetero se fue al suelo en una caída masiva sobre el asfalto mojado y resbaladizo que la lluvia había dejado.
Ahí terminó el Giro de Italia para él. Una conmoción cerebral, abrasiones y contusiones a la altura del cuello que limitaban su movimiento fue todo el ‘botín’ que se llevó de la ronda gala.
El dorsal 11 desapareció del Giro en la segunda etapa. Por entonces, podía parecer simplemente mala suerte. Nadie podía imaginar que dos meses después el mismo número volvería a estar en el suelo.
VINGEGGARD, EL SEGUNDO EN CAER AHORA EN EL TOUR DE FRANCIA
El segundo capítulo de esta serie de catastróficas desdichas se escribiría en el Tour de Francia. Allá cuando la Grande Boucle entraba en los Alpes Jonas Vingegaard se convirtió en la nueva víctima de la maldición del dorsal 11. A unos veinte kilómetros de la meta de la decimoquinta etapa, en la salida de una rotonda, Vingegaard perdió el control de la bicicleta al golpearse contra el bordillo y el danés ya no se levantó.
El dos veces campeón de la prueba fue trasladado en ambulancia con el brazo derecho en cabestrillo y el diagnóstico posterior confirmó una fractura de clavícula, que requería cirugía, además de múltiples abrasiones. El Tour había perdido a su segundo clasificado, el único en haberle ganado de tú a tú a Pogačar y el encargado de ponerle en tensión aunque en aquel momento la diferencia en la clasificación general ya fuese de 4 minutos y 30 segundos respecto al esloveno y el nórdico tuviese que mirar más por conservar su segundo cajón que luchar por la gloria.
Otro número 11 había vuelto a abandonar una Gran Vuelta, en este caso, la reina por excelencia, el Tour de Francia y con su adiós Vingegaard puso fin a su temporada, esa en la que había sido testigo del infortunio de Buitrago antes de hacerse con el maillot rosa que le faltaba en sus vitrinas. Y todavía faltaba La Vuelta.
POGAČAR: EL DÍA QUE EL ‘EXTRATERRESTRE’ SUPO LO QUE ES ABANDONAR
Esa Vuelta a España en la que Tadej Pogačar salió con el dorsal 11 y una única misión: conquistar la única carrera de tres semanas que todavía faltaba en su colección de Grandes Vueltas.
Comenzó como suele hacerlo Pogačar: arrasando. El esloveno se vistió de rojo el primer día, en Mónaco y acumuló tres victorias de etapa en las primeras siete jornadas y ahí vestido de líder, con una ventaja que parecía sideral para con sus rivales y una demostración de fuerza y dominio aplastante que nada ni nadie parecía poder amenazar.
Hasta que la el 29 de agosto y la teórica transitiva octava etapa, entre Puçol y Xeraco, demostraron lo contrario cuando quedaban alrededor de 33 kilómetros. Pogačar no vio un objeto en la carretera y la siguiente imagen esperando la asistencia médica para ser trasladado al hospital para tratar una fractura desplazada de la clavícula izquierda, fractura estable de la vértebra cervical C7 y conmoción cerebral, además de múltiples abrasiones y heridas fue tan impactante como inusitada para un ciclista que, hasta entonces, en sus ocho participaciones previas en Tour, Giro y La Vuelta jamás había abandonado.
El dorsal número 11 tampoco iba a llegar a la línea de meta final de Granada como tampoco alcanzó Roma, ni París. Buitrago y Pogačar ni siquiera llegaron el primer día de descanso. El maleficio del 11 había llegado a su clímax y cerrado una trilogía profética que en mayo parecía anecdótica, en julio cogía tintes interesantes y en agosto la coincidencia alcanza, su máxima expresión. Quizá el 13 ya no es el de la mala suerte, quizá lo del 11 sea tan puntual como curioso o simplemente es que no hay números malditos, sino malditas casualidades.









