Si hay un debate que lleva años instalado en el mundo del triatlón, especialmente en el ciclismo, es el de entrenar por vatios o hacerlo por sensaciones. Basta con juntarse con varios triatletas después de una competición o un entrenamiento para que tarde o temprano aparezca el tema.
Por un lado están quienes confían plenamente en los datos y cada entrenamiento está planificado al detalle, cada intervalo tiene una potencia objetivo y cada sesión se analiza posteriormente para comprobar si todo ha salido según lo previsto.
En el otro extremo encontramos a quienes defienden que el mejor medidor siempre ha sido el propio cuerpo y que ningún aparato puede interpretar mejor cómo se encuentra un deportista que él mismo.
La realidad es que ambos tienen parte de razón y como suele ocurrir en casi todo, los extremos rara vez son la mejor opción.
EL POTENCIÓMETRO CAMBIÓ LAS REGLAS DEL JUEGO
No hay duda de que la llegada de los potenciómetros supuso una revolución en el entrenamiento. De repente los triatletas podían saber exactamente el esfuerzo que estaban realizando sin depender del viento, del terreno o de las sensaciones del momento.
Eso permitió entrenar con una precisión que antes era imposible. Dos deportistas podían estar rodando a la misma velocidad y sin embargo, uno estar trabajando mucho más que el otro. Los vatios eliminaron gran parte de esa incertidumbre y ayudaron a controlar mejor las cargas de entrenamiento.
Además, en competición han demostrado ser una herramienta extraordinaria. Muchos triatletas han evitado cometer errores graves simplemente por respetar la potencia prevista, especialmente en pruebas de media y larga distancia donde dejarse llevar por la emoción suele pagarse muy caro más adelante.
EL PROBLEMA APARECE CUANDO SOLO MIRAMOS LA PANTALLA
Sin embargo, también hemos llegado a un punto en el que algunos deportistas parecen incapaces de entrenar sin mirar continuamente el manillar.
Hay quienes terminan una sesión satisfechos hasta que descargan los datos en el ordenador. Si los números son buenos, el entrenamiento ha sido un éxito, pero sin embargo, si son peores de lo esperado, parece que todo el trabajo realizado pierde valor de repente.
El problema de esta forma de entender el entrenamiento es que el cuerpo humano no funciona como una máquina. El estrés del trabajo, la falta de sueño, una mala alimentación o simplemente una semana especialmente exigente pueden afectar enormemente al rendimiento de un día concreto.
Los vatios pueden decirnos lo que estamos produciendo en ese momento, pero no siempre explican por qué ocurre.
LAS SENSACIONES SIGUEN SIENDO FUNDAMENTALES
Por mucho que avance la tecnología, aprender a escuchar al cuerpo sigue siendo una de las habilidades más importantes para cualquier deportista.
Con el paso de los años, los triatletas experimentados desarrollan una capacidad casi intuitiva para saber cuándo pueden apretar más y cuándo es mejor levantar el pie.
Son capaces de identificar señales de fatiga antes de que aparezcan en los datos y entienden que no todas las semanas del año pueden afrontarse con la misma intensidad.
Esa experiencia es algo que ningún reloj ni ningún potenciómetro pueden sustituir, de hecho, muchos de los mejores deportistas utilizan los datos como una referencia, pero toman decisiones teniendo en cuenta también cómo se encuentran realmente ese día.
LAS SENSACIONES TAMBIÉN PUEDEN ENGAÑAR
Ahora bien, quienes defienden exclusivamente las sensaciones suelen olvidar que estas tampoco son infalibles.
Todos hemos tenido días en los que nos sentimos especialmente fuertes y terminamos haciendo más intensidad de la que tocaba.
También ocurre justo lo contrario, jornadas en las que parece que no tenemos piernas y sin embargo, los números muestran que el rendimiento es mucho mejor de lo que pensábamos.
Por eso los datos son tan valiosos, ya que funcionan como una especie de control de calidad que evita que la motivación, la euforia o incluso el cansancio nos hagan interpretar mal la realidad.
LOS MEJORES TRIATLETAS NO ELIGEN
Quizá lo más curioso de este debate es que los deportistas con más experiencia suelen ser precisamente los que menos discuten sobre él.
La mayoría entienden que no se trata de elegir entre vatios o sensaciones sino que utilizan ambos.
Los vatios les ayudan a cuantificar el esfuerzo, a controlar la intensidad y a analizar su evolución, mientras que las sensaciones les permiten interpretar esos datos y adaptarlos a la realidad de cada día.
Al final, un número puede decirte cuánta potencia estás desarrollando, pero no puede decirte si llevas una semana durmiendo mal, si estás acumulando fatiga o si simplemente necesitas un día de recuperación.
LA CLAVE ESTÁ EN ENCONTRAR EL EQUILIBRIO
La verdadera pregunta no debería ser si es mejor entrenar por vatios o por sensaciones, sino cómo combinar ambas herramientas para sacarles el máximo partido.
Los vatios aportan objetividad mientras que las sensaciones aportan contexto.
Cuando las dos coinciden, normalmente vamos por el buen camino y cuando no coinciden, suele ser el momento de analizar qué está pasando.
Una cosa está clara, el objetivo final no es conseguir una determinada cifra en la pantalla, el objetivo es rendir mejor, disfrutar del proceso y seguir progresando año tras año.
La quinta edición del evento bate todos los récords de participación con un crecimiento cercano…
El neerlandés firma la segunda posición en Florianópolis, se clasifica para Kona y confirma que…
La escuadra masculina vasca y la gallega femenina dominan el fin de semana con unas…
El británico vuelve a ponerse un dorsal para afrontar uno de esos retos que cualquier…
El calor y los incidentes marcaron el devenir de una élite masculina donde Cantero o…
La campeona olímpica se rehacerse del DNS de Samarkand y comienza la clasificación para los…