Una extraña figura atraviesa la carretera en medio de la noche. Va buscando una flecha amarilla que indica el camino hasta los pies de la majestuosa catedral de Santiago de Compostela. El cansancio, la oscuridad y la falta de sueño han terminado por desorientar a Demetrio Álvarez en su última etapa hasta la ansiada meta. Es incapaz de adivinar donde se encuen- tra. Lejos de abatirse sobre el asfalto, el aventurero tiró de recursos y sacó de su mochila el teléfono móvil. Se des- cargó una aplicación sobre el Camino de Santiago y apenas unos kilómetros después ya estaba de nuevo en la ruta correcta. Nada ni nadie podía ya detenerle.
A las 3:00 de la mañana del pasa- do 6 de agosto, Demetrio se ató las zapatillas y partió desde la localidad burgalesa de Belorado. Rutina que re- petiría durante cinco largas jornadas hasta llegar a la Plaza del Obradoiro. Lo hizo sin ayudas, en autosuficiencia y hospedándose en albergues como un peregrino más. Ni los interminables senderos de arena que atravesó, ni los kilométricos desiertos de asfalto por los que caminó, ni siquiera los más de 40 grados que sufrió en algunas jornadas impidieron que Demetrio se rin- diera. Cada vez que las fuerzas flaquea- ban, las princesas Rett aparecían en su pensamiento y le daban la energía suficiente para continuar.
A sus 40 años, este atleta ovetense asegura que ha sido el desafío más grande al que se ha enfrentado en su vida. Tanto esfuerzo en sus piernas levantó incluso las sospechas del resto de peregrinos, incrédulos ante la fortaleza física de Demetrio. “La gente flipaba conmigo. Cuando les de- cía desde donde venía corriendo cada día, todos se ponían a buscar mi bici- cleta”, comenta nuestro protagonista. Pero por allí no se veía absolutamente nada. Solo un atleta con las ideas claras y dispuesto a llegar a la meta costase lo que costase.
Cuarenta grados de temperatura
Su rutina comenzaba a las 3:00 de la mañana, momento en el que sonaba el despertador y, minutos después, ya es- taba ataviado con su camiseta técnica y sus zapatillas de atletismo.
Por aligerar peso en la mochila, Demetrio Álvarez no llevó ni siquiera ropa de recam- bio. Cada noche, al llegar al albergue de turno debía hacer la colada y secar la equipación para el siguiente día. Eso es autosuficiencia y lo demás tonterías.En pleno mes de agosto las tempe- raturas alcanzaron en las horas centrales del día los cuarenta grados, aun- que nuestro valiente atleta jamás tuvo problemas de deshidratación ni golpes de calor. “Llevaba muy bien atado todo ese tema, con barritas, geles, sándwi- ches y unos bidones de agua. Si veía que iban a subir mucho las temperaturas me daba el privilegio de parar cinco minutos en un bar y tomarme un frefresco o un helado“, explica el asturiano.
Todo se complicó en la penúltima etapa, cuando Demetrio llegó a Sarria a las 20:15 de la tarde. Para el día siguien- te había anunciada una ola de calor y entonces tuvo que tomar una decisión durísima: adelantar la hora de salida. Así, esa misma noche, a las 00:00 en punto se puso en marcha con la última etapa. Durmió tres horas, estaba fati- gado y horas después andaba perdido en medio de la nada. “Al final con la ayuda del móvil logré recuperar el ca- mino y llegar a Santiago por la tarde “, comenta.
Problemas con la Compostelana
Su llegada a Compostela fue pletórica. Los calambres desaparecieron por arte de magia y tras cruzar los soportales de la Plaza del Obradoiro el sonido de las gaitas empezó a retumbar en sus oídos. Al fondo divisó a parte de su familia, y después todo ocurrió muy rápido. Ape- nas le dio tiempo a disfrutar el momen- to. “¿Que si merece la pena? Por supues- to. A pesar del sufrimiento y del sacrificio que requiere un desafío así, te compensa tanto a nivel personal como por haber ayudado a las princesas Rett“, asegura Demetrio sin perder la humildad.
De vuelta para Asturias, nuestro ultra- fondista lucía orgulloso la Compostela- na, documento que acredita la realiza- ción del Camino de Santiago por alguna de las rutas oficiales. No fue fácil con- seguirla. Ni siquiera los encargados de tramitar este diploma le creyeron cuando dijo que venía desde Burgos corriendo. “Me hicieron un interrogato- rio para que diera detalles y comprobar que era cierto que había pasado por to- dos esos pueblos“, asegura.
Y así terminó otra historia más de un corredor anónimo que entregó su tiempo y esfuerzo para empujar el ca- rro de María. Por supuesto, lo hizo du- rante sus vacaciones de verano. “Como para pedir días está el tema…“, nos dice horas antes de entrar a la fábrica donde trabaja como soldador.
Texto: Daniel Sanabria. En la revista Planeta Running
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