Os voy a contar mi caso. Desde hace casi un año mi rodilla derecha se ha rebelado, en concreto la cintilla iliotibial. Después de una media maratón dijo basta, que no quería correr más y desde entonces mantengo con ella una pelea a cara de perro para ver quién puede más. Para que os hagáis una idea, allá por febrero me dolía hasta cuando parpadeaba el semáforo y aceleraba el paso para cruzar a tiempo, imaginad impotencia que sentía al pensar que dos meses antes hacía 25 kilómetros casi sin sentir.
En el momento en el que te das cuenta de que no puedes correr caes en la cuenta que el triatlón es como un taburete de tres patas, y si le quitas una difícilmente se queda de pie. Aumentas la carga en la piscina y en la bici y entretanto te pones a intentar solucionar lo de la rodilla. Yo fui a varios médicos, todos me dijeron que era una dolencia fácil de arreglar con estiramientos ¿quién no tiene el rollo de foam en su casa? De la cocina al salón y del salón a la cocina con el maldito rulo, así hasta que deja de doler y te calzas las zapatillas. Resultado: dos canciones de Spotify y aparece el dichoso dolor.
Vuelves al médico y te manda al podólogo por si es un tema de la pisada. Te dejas 200 euros en unas plantillas, te las pones para pasear y amoldarte durante tres semanas y a la cuarta las estrenas corriendo. Haces cinco kilómetros a 4:40 y paras por ser precavido, no hay dolor. El día después haces siete pero tienes que parar porque la plantilla te ha hecho una ampolla como el embalse del Atazar. Vuelves al podólogo para que te rebaje la corrección de la plantilla, entonces corriendo vuelve a dolerte la rodilla. Cambias las zapatillas y buscas algunas que controlen algo más la pronación, la rodilla deja de doler pero la horma es mucho más pequeña y te salen callos entre los dedos de los pies.
Llevas seis meses y estás harto, pero en ese tiempo al menos has podido avanzar mucho en la piscina y en la bici. Yo incluso me atreví a hacer un olímpico con apenas un entrenamiento de 20 kilómetros de carrera a pie. El resultado no pudo ser peor, se me hizo eterna la carrera, pero al menos me maté el gusanillo. Sin embargo ese sufrimiento me hizo recapacitar.
En verano decidí fortalecer mi pierna herida y tomármelo todo con más paciencia. Llevo dos meses corriendo unos 30 kilómetros por semana, incluso algún día he hecho 16-18 kilómetros. La rodilla me molesta a veces, incluso tumbado en la cama, me salen ampollas casi todos los días y sigo teniendo callos en los pies, pero la diferencia es que ahora soy yo el que controlo mis dolores. He conseguido que la manta me tape casi todo el cuerpo.
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