Desterramos el mito del mal nadador por no haber tocado la piscina de joven y te damos las claves para progresar y eliminar los fantasmas acuáticos de cuajo.
En el triatlón hay una coartada que funciona demasiado bien. Cada vez que la natación se atraganta, cada vez que el agua se convierte en un trámite desagradable, aparece la misma explicación salvadora: no nadé de pequeño.
Es una frase cómoda, repetida en vestuarios y grupos de entrenamiento, porque cierra el debate antes de que. Muchos triatletas descubren el deporte desde la bicicleta o la carrera a pie y se encuentran de golpe con una realidad incómoda en la primera disciplina. La natación no perdona errores, no se deja improvisar y, sobre todo, expone sin piedad a quien no la domina.
La tentación es pensar que todo se explica por una sola razón: no haber nadado de pequeño. Que esa ausencia de pasado acuático marca un techo inamovible y condena a vivir siempre en la zona media o trasera del grupo. Pero cuando se observa con algo más de perspectiva, la historia real del triatlón cuenta otra cosa bastante diferente.
Es innegable que quienes crecieron nadando parten con ventaja. Llegan al triatlón con una técnica eficiente, una lectura fluida del agua y una seguridad que no se entrena en un par de temporadas. En pruebas con salida masiva, corrientes o viento, esa familiaridad puede marcar diferencias claras, especialmente en los primeros minutos.
Sin embargo, el triatlón no se decide en la natación. Se decide en la gestión. Un nadador brillante que sale del agua sin control rara vez convierte esa ventaja en un buen resultado final. Y aquí es donde el triatleta que aprendió a nadar de adulto tiene mucho más margen del que suele creer.
Para la mayoría de triatletas, nadar bien no significa ser rápido, sino ser eficiente. Significa salir del agua con la respiración bajo control, sin picos de lactato y con la cabeza clara para afrontar la transición. Desde ese punto de vista, empezar a nadar tarde deja de ser una losa y pasa a ser simplemente una característica más del perfil del deportista.
El cuerpo adulto se adapta sin grandes problemas a las demandas fisiológicas de la natación. Lo que cuesta más es automatizar la técnica, pero con trabajo específico, constancia y volumen sostenido, la mejora llega. No de forma explosiva, pero sí sólida. Y en triatlón, la solidez casi siempre gana a la brillantez intermitente.
El mayor problema de creer que empezaste tarde es que condiciona cómo entrenas. Muchos triatletas se resignan demasiado pronto, aceptan cronos mediocres como inevitables y reducen el esfuerzo técnico justo donde más retorno podrían obtener. Otros entrenan con ansiedad, buscando atajos que no existen.
La realidad es que la mayoría de triatletas que nadan mal no nadan mal por haber empezado tarde, sino por nadar poco o nadar sin foco. La técnica no mejora sola, pero tampoco es un privilegio genético reservado a quien pasó media infancia en la piscina.
Quien llega al triatlón desde adulto suele tener una gran ventaja: entiende el contexto. Sabe leer una carrera, gestionar ritmos y tomar decisiones. Cuando esa experiencia se combina con una natación suficientemente trabajada, el resultado es un deportista completo, no un especialista limitado a una sola disciplina.
En media y larga distancia esto se ve con claridad. La natación deja de ser un campo de batalla y se convierte en una fase de activación, donde la calma y la eficiencia pesan más que la velocidad pura. Y ahí, el pasado acuático importa mucho menos de lo que se suele repetir.
Porque al final todo se reduce a una decisión sencilla. No a cuánto nadaste de pequeño, ni a cuántos vienen delante en la salida, ni a lo fea que se pone la primera boya. Se reduce a si estás dispuesto a entrar en la piscina una vez más y hacer el trabajo que otros evitan.
La natación no cambia en una semana ni en un mes, pero cambia. Cambia cuando deja de ser un castigo y pasa a ser parte del plan. Cambia cuando entrenas con intención, cuando repites lo básico, cuando aceptas que mejorar en el agua es un proceso largo, pero real.
El triatlón empieza en el agua, pero no termina ahí. Salir mejor no significa ser el más rápido, sino darte la oportunidad de competir con todo lo que tienes después. Y eso solo se consigue entrenando, no justificándose.
Si alguna vez pensaste que ya era tarde para nadar, tal vez lo único que llegue tarde sea tu próxima sesión.
La piscina sigue ahí. Y el momento de empezar, también
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